Los rostros de televisión se sacan las máscaras y comienzan a participar de frentón en política. Queda en evidencia que la cajita feliz sigue siendo el paraíso de los fachos, con el agravante de que quienes nos cuentan “la verdad de Chile” son en muchos casos los que le enmendaron la plana a la dictadura, mientras aquellos periodistas que batallaron por la libertad de expresión durante el régimen militar están muertos o son aislados del acceso a las grandes audiencias, o se les relega a espacios menores y muy desprestigiados.

Personajes como Patricia Espejo, invitada honorífica de Pinochet a Chacarillas y fiel funcionaria televisiva en los años de las “Sesenta Mentiras”, tiene programa propio y seguramente se jubilará en el canal público.

En una cara de rajismo sin parangón, debemos tragarnos a Santiago Pavlovic relatando los horrores de la dictadura. Al referirse al Caso Conferencia exhibe sobreactuado pesar por las atrocidades cometidas en mayo de 1976 contra la dirigencia del Partido Comunista en la clandestinidad. Pavlovic acaba de descubrir, con treinta años de retraso, que durante el régimen que él sirvió con entusiasmo, se quemó vivas, electrocutó y asesinó a personas indefensas en recintos secretos de detención. Pavlovic aparece ahora como defensor de los torturados -contando para ello con el aparataje del canal de todos- pero pasa por alto que esos apremios ocurrían mientras él era nombrado director del departamento de prensa de TVN, cuando todavía no se apagaban las brasas del bombardeo a La Moneda donde murió otro periodista que él conoció muy bien y sobre cuya muerte no dijo ni pío, llamado Augusto Olivares. Nada dijo entonces Pavlovic sobre lo que hoy le parece tan espantoso. Ni una sola palabra, como tampoco movió un pelo para defender a sus colegas despedidos, presos, torturados, asesinados, mientras él fungía como regalón del poder fáctico. En un conveniente vacío de memoria, Pavlovic no recuerda que las torturas sucedieron mientras él era periodista estrella del máximo organismo de propaganda y encubrimiento de la dictadura, premiado por sus servicios a Pinochet con una beca e Alemania, después de la cual se reintegró en gloria y majestad al staff periodístico del régimen, destinado a ocultar las mismas violaciones a los derechos humanos que hoy denuncia compungido.

Otros dos contemporáneos de Pavlovic y Espejo, de la misma ralea, fueron sancionados por el Colegio de Periodistas: Claudio Sánchez Venegas y Julio López Blanco, por su participación en un montaje de la DINA ocurrido en noviembre de 1975. Según establece la causa judicial, horas antes del montaje seis prisioneros políticos fueron quemados vivos con aceite hirviendo en una casa de tortura administrada por agentes del Estado. Una de las víctimas, Mónica del Carmen Pacheco Sánchez, estaba embarazada de tres meses. A otra de las torturadas, Catalina Gallardo Moreno, le sacaron los ojos con un cuchillo. Luego los acribillaron y tiraron sus cadáveres a Rinconada de Maipú, donde los periodistas nombrados informaron de un enfrentamiento de las fuerzas de orden con “terroristas peligrosos”.

El Tribunal de Ética sancionó además a los ex profesionales de TVN, Roberto Araya Silva, Vicente Pérez Zurita y Manfredo Mayol Durán. Pérez era jefe de prensa y Mayol, gerente general de TVN, ambos con atribuciones sobre toda la programación.

Estos “comunicadores” del más bajo pelaje moral siguen hoy felices y contentos en pantalla con el auspicio de ejecutivos desmemoriados y arratonados. Sobre esta vergüenza para el periodismo y el país no hemos escuchado una sola palabra del candidato Piñera –al que el pueblo llama “Tacones Lejanos” –ni de ninguna de las autoridades de gobierno concentradas en satanizar a una niñita llamada María Música Sepúlveda. Ella sí que es peligrosa. Ella sí que es un mal ejemplo. Ella sí que pone en serio trance la estabilidad del país.

Pamela Jiles.

2008

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