Marlen Olivarí sólo llega a insinuar el regocijo que le produce un baile lésbico pero no compromete datos biográficos en su toma de partido. Michelle Bachelet se considera la principal víctima de femicidio en Chile, mucho más que las pobladoras degolladas, masacradas, acuchilladas y muertas a palos. Carla Ballero no quiere ser bandera de lucha de las mujeres golpeadas. Tonka Tomicic decide lavar en casa los trapos sucios de su cahuín laboral, olvidando que “la casa” de los trabajadores de televisión es el set. Fenando Villegas usa su ampulosa tribuna televisiva para calificar de “imbécil” la tipificación del femicidio como delito y emprenderlas contra “las hormonas feminoides”, sumando estos dichos a sus anteriores “hay que cortarla con esa cuestión de los detenidos desaparecidos”, Lucía Pinochet es “una mujer buena”, y la homosexualidad es “perversa”. Todos los anteriores, ejemplos del machismo rampante que vemos recrudecer estos días en la pantalla.

Necesitamos a nuestras propias Tracy Chapman, Rossie O’Donnell, Sandra Mihanovich, Ellen Degeneres, Martina Navratilova, Portia Rossi, mujeres que desde el podio de la fama solidarizaron con sus hermanas dando carne, latidos, identidad, nombre y apellido a su condición de personas homosexuales. Necesitamos nuestro propio grupo TATU, esas colegialas rusas que se besaban en las pantallas de todo el planeta. Necesitamos una semiótica chilena para el ósculo de Madonna con Britney Spears y Christina Aguilera.

Necesitamos a nuestras propias Tracy Chapman, Rossie O’Donnell, Sandra Mihanovich, Ellen Degeneres, Martina Navratilova, Portia Rossi, mujeres que desde el podio de la fama solidarizaron con sus hermanas dando carne, latidos, identidad, nombre y apellido a su condición de personas homosexuales. Necesitamos nuestro propio grupo TATU, esas colegialas rusas que se besaban en las pantallas de todo el planeta. Necesitamos una semiótica chilena para el ósculo de Madonna con Britney Spears y Christina Aguilera.

En los tiempos que corren, declararse lesbiana no es un hecho privado sino político. A las lesbianas no se les ve ni se les escucha ni se les reconoce en sus méritos y talentos más allá de las estrechas paredes de los colectivos militantes, y esta invisibilidad promueve la ignorancia, el estigma y la discriminación. Una discriminación mucho más feroz de la que sufren los hombres homosexuales. Una discriminación que retrocederá cuando mujeres relevantes en cualquier orden asuman públicamente su condición.

Respeto el derecho que tiene una mujer a callar su homosexualidad, incluso a negarla, en tanto reconocerla implica un costo importante. Pero no acepto el argumento de que “se refiere a la vida privada” porque me parece un subterfugio para silenciar y despreciar “aspectos personales” sólo cuando quien los vive es homosexual. Podemos conocer con pelos y señales las amantes de Allende, la operación a la papada de Ricardo Lagos, el romance entre Cubillos y Allamand, los calzoncillos de Viera Gallo y los divorcios de Lucía Pinochet. No hay peligro. Son heterosexuales. Pero cuando dos intelectuales progresistas chilenos, Francisco Casas y Yura Labarca, se propusieron hacer una película que abordaría la sexualidad de Gabriela Mistral, la homofóbica elite cultural chilena no descansó hasta impedirlo. “Chile no perdona que a nuestra ilustre Premio Nobel se le quemara el arroz”, dijo entonces Casas.

No pretendo que la sexualidad de ninguna persona se transforme en el dato clave de su existencia. Sólo reclamo que no se oculte como un hecho vergonzante, porque no lo es. Sor Juana Inés de la Cruz fue una religiosa consagrada, una mujer de intelecto prodigioso, la primera feminista de América latina, hermosa, valiente… y también lesbiana. Su amor correspondido por María Luisa Manrique de Lara, Marquesa de la Laguna, Condesa de Paredes, es un hecho de la historia.

Gabriela Mistral sigue siendo la única mujer de habla castellana Premio Nóbel de Literatura, y debimos esperar cincuenta años para que ella misma nos relatara desde la tumba el profundo vínculo que la unió a Doris Dana, su compañera, su esposa, su heredera universal, a la que escribió “yo quiero acabarme contigo y quiero morirme en tus brazos”. Como si el lesbianismo pudiera ensuciar, dañar, encochinar la vida y la obra de alguien, el machismo se encarga de enclaustrar este dato en un plano secreto, mientras se multiplican en televisión los “rostros” que promueven roles de género asimétricos a través de la pantalla.

Los abusadores no lo son sólo con los puños y la fuerza bruta, también expresan su violencia machista apartando y agrediendo a las mujeres con sus palabras y sus gestos, mejor aún si pueden hacerlo impunemente desde un medio de comunicación, en ausencia de oponentes que discutan su postura, sin ciudadanos que exijan responsabilidad en sus dichos, en el cobarde limbo de un monólogo que fomenta estereotipos sexuales discriminatorios. Un acto más de violencia contra TODAS las mujeres, que reproduce el dominio sobre la autonomía y la resistencia del género femenino. La mujer que se resiste a la fidelidad matrimonial, a la servidumbre del marido, a la esclavitud de la familia, a la heterosexualidad como verdad rebelada, es una puta, una malvada, una subversiva, una loca y una marimacha.

Así que mientras espero que alguna famosa se decida a romper este círculo opresivo, me declaro lesbiana. Como me declaro marxista, mapuche, feminista, palestina, irakí, acérrima partidaria del placer y del deseo, ecologista, antimperialista, demócrata, humanista, agnóstica, atea, periodista y revolucionaria –todas calidades políticas-, así también me declaro lesbiana.

Pamela Jiles.

10/11/2007

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